sábado, 19 de febrero de 2011

TABERNA LA GAVIOTA (DOS)

José Camacho continúa contándome cómo empezó a trabajar a los catorce años y se jubiló con setenta; cincuenta y seis largos años trabajando en tierra, como cordelero, haciendo mayetas para las redes, hoy “disfruta” una pensión de 575 euros. Recuerda como no hace muchos años, en El Puerto amarraban ciento setenta barcos, dos docenas faenaban en el moro y el resto pasaban hasta cuarenta días en la mar. Hoy apenas 20 tratan de sobrevivir en las esquilmadas aguas que median entre Cádiz y Ayamonte, en la frontera con Portugal.
-José, y ¿qué piensa de las pateras?
-Pues, en las fatiguitas que tienen que estar pasando esas criaturas pa venir a ahogarse aquí, yo no sé la forma de vivir que tienen por ahí, pero cuando vienen, es porque deben estar pasándolo mu mal.
Al lado está Vicente, ochenta y un años, viudo, cuenta como se embarcó con dieciséis años y pasó más de diez faenando en el Caribe. Muchas noches de mala mar. Náufrago en dos ocasiones. Cuando me va a contar qué se piensa mientras se está en el agua a la espera de rescate, unas voces en la mesa colindante celebran alguna jugada que atrae más el interés de Vicente, y decido dejar para otro día oír de viva voz, qué pasa por la cabeza de un náufrago mientras está en tal situación.
Alguien me contó que la taberna tiene como tal, más de ochenta años de antigüedad. En un tiempo fue prostíbulo, dedicando la planta alta a pensión por horas, como mucho, una noche; abajo la taberna donde se alegraban las pajarillas los parroquianos, al amor del coñac y del anís propios de la época, sin desdeñar los ocasionales güisquis y ginebras. Por cierto que, tomando café con mi amigo Salvador Cortés “El Chigüi”, me contó cómo, con posterioridad a la actividad de comercio carnal, allí se alojó su amigo y compañero de trabajo en VIPA (Vidrieras Palma), “El Pringue”, simpático personaje y que debía este mote a su exagerada afición a los cocidos con generosa “pringá”. En sus años mozos, “El Pringue”, aficionado a la pesca, pedía a los pescadores de caña le permitieran acompañarle, aunque solo fuera “para darle sombra al botijo” y mantener el agua fresquita.
“El Pringue” andaba siempre ofreciendo su ayuda a todo el mundo para agenciarse unas perrillas hasta que logró entrar en Vidrieras Palma, donde trabajó como palero y después en alguna otra función. Tras las duras jornadas de trabajo, los operarios solían ducharse, más en verano que en invierno. El agua que se utilizaba era fría y al remitir el verano, los más proclives a una higiene diaria, tuvieron que ingeniárselas para lograr agua caliente, y aquí surgió el talento de “El Chigüi”. El horno cuyas temperaturas alcanzaban los 1500º en su interior, irradiaban a una determinada altura 70 u 80, justo contra la pared a cuya espalda se hallaban las duchas. Solo tuvo que elevar las tuberías a ese nivel para disfrutar de un sistema de calefacción, que permitió a todos disfrutar de gratificante placer. Aquí estaba “El Pringue”, quien no se sabe si por sus enormes atracones de pringá o por su genética, pese a su baja estatura, desarrolló unos enormes atributos sexuales y se jactaba ante sus compañeros desnudos de tales proporciones. No solo presumía de ello, sino que les amenazaba que no se agacharan a coger el jabón porque corrían evidente riesgo.
Continuará…

© Alberto Boutellier Caparrós

TABERNA LA GAVIOTA (DOS)


José Camacho continúa contándome cómo empezó a trabajar a los catorce años y se jubiló con setenta; cincuenta y seis largos años trabajando en tierra, como cordelero, haciendo mayetas para las redes, hoy “disfruta” una pensión de 575 euros. Recuerda como no hace muchos años, en El Puerto amarraban ciento setenta barcos, dos docenas faenaban en el moro y el resto pasaban hasta cuarenta días en la mar. Hoy apenas 20 tratan de sobrevivir en las esquilmadas aguas que median entre Cádiz y Ayamonte, en la frontera con Portugal.

-José, y ¿qué piensa de las pateras?

-Pues, en las fatiguitas que tienen que estar pasando esas criaturas pa venir a ahogarse aquí, yo no sé la forma de vivir que tienen por ahí, pero cuando vienen, es porque deben estar pasándolo mu mal.

Al lado está Vicente, ochenta y un años, viudo, cuenta como se embarcó con dieciséis años y pasó más de diez faenando en el Caribe. Muchas noches de mala mar. Náufrago en dos ocasiones. Cuando me va a contar qué se piensa mientras se está en el agua a la espera de rescate, unas voces en la mesa colindante celebran alguna jugada que atrae más el interés de Vicente, y decido dejar para otro día oír de viva voz, qué pasa por la cabeza de un náufrago mientras está en tal situación.

Alguien me contó que la taberna tiene como tal, más de ochenta años de antigüedad. En un tiempo fue prostíbulo, dedicando la planta alta a pensión por horas, como mucho, una noche; abajo la taberna donde se alegraban las pajarillas los parroquianos, al amor del coñac y del anís propios de la época, sin desdeñar los ocasionales güisquis y ginebras. Por cierto que, tomando café con mi amigo Salvador Cortés “El Chigüi”, me contó cómo, con posterioridad a la actividad de comercio carnal, allí se alojó su amigo y compañero de trabajo en VIPA (Vidrieras Palma), “El Pringue”, simpático personaje y que debía este mote a su exagerada afición a los cocidos con generosa “pringá”. En sus años mozos, “El Pringue”, aficionado a la pesca, pedía a los pescadores de caña le permitieran acompañarle, aunque solo fuera “para darle sombra al botijo” y mantener el agua fresquita.

“El Pringue” andaba siempre ofreciendo su ayuda a todo el mundo para agenciarse unas perrillas hasta que logró entrar en Vidrieras Palma, donde trabajó como palero y después en alguna otra función. Tras las duras jornadas de trabajo, los operarios solían ducharse, más en verano que en invierno. El agua que se utilizaba era fría y al remitir el verano, los más proclives a una higiene diaria, tuvieron que ingeniárselas para lograr agua caliente, y aquí surgió el talento de “El Chigüi”. El horno cuyas temperaturas alcanzaban los 1500º en su interior, irradiaban a una determinada altura 70 u 80, justo contra la pared a cuya espalda se hallaban las duchas. Solo tuvo que elevar las tuberías a ese nivel para disfrutar de un sistema de calefacción, que permitió a todos disfrutar de gratificante placer. Aquí estaba “El Pringue”, quien no se sabe si por sus enormes atracones de pringá o por su genética, pese a su baja estatura, desarrolló unos enormes atributos sexuales y se jactaba ante sus compañeros desnudos de tales proporciones. No solo presumía de ello, sino que les amenazaba que no se agacharan a coger el jabón porque corrían evidente riesgo.

Continuará…

© Alberto Boutellier Caparrós